Laberinto

De forma general, podemos encontrar dos tipos de laberintos, unos a través de pasillos y recovecos, nos llevan de una entrada a una salida, otros, los más antiguos y poderosos, acaban en el mismo punto donde iniciamos el sendero.

Se trata de laberintos mágicos con un sentido profundo sobre la estructura de todo, donde el objetivo es llegar al centro y a través del mismo trayecto, encontrar una única salida.

Laberintos en distintas culturas

El objetivo de todo laberinto es proteger un secreto, ya se trate de la salida o de aquello que esconden en su interior.

Un laberinto que lleva al centro y finaliza en el mismo punto que inició, claramente salvaguarda el centro, la unidad, la esencia de algo. Su objetivo no es salir, es llegar, encontrar, no se trata de avanzar sino de profundizar.

Nuestras matemáticas decimales ascienden numeralmente, son capaces de medir cuantitativamente, son capaces de superarse y extenderse hacia el infinito. Pero para poder entender un laberinto antiguo, debemos entrar en otro tipo de matemáticas, unas que profundicen hacia dentro de sí mismas, el sistema sexagesimal, donde la totalidad es un círculo, y dentro del círculo hay otro, y luego otro. No se pierde en el infinito cuantitativo, sino descienden o ascienden hacia la eternidad en un infinitomedido cualitativamente, hablan de profundidad y guardan dentro de cada grado, minuto, segundo, secretos indecibles y fases para poder encontrar dicho secreto.

Los antiguos laberintos sagrados tienen un diseño unicursal, normalmente de siete niveles concéntricos. Cada nivel habla de los días de la semana, los chakras, los colores, los cuerpos sutiles, los planos. Según avanzamos por cada nivel, vamos profundizando en estas fases, ascendiendo hacia el interior de uno mismo, para finalmente alcanzar la esencia. Un vacío donde se concentra un centro focal energético. De aquí, el iniciado desciende nuevamente paso por paso por todos los niveles que ya anduvo hasta encontrarse nuevamente en el punto de salida.

Juego de la Oca

Pongamos el ejemplo del camino de Santiago representado en el juego de la oca y su similitud con el i ching, se trata de dos laberintos extraños de entender como tales. A diferencia de los laberintos celtas o hopis, no tienen una apariencia de laberinto completa. Sin embargo, el juego de la oca es un camino que, con dos vueltas y media, y otra media secreta, acaban en el centro del tablero, donde el peregrino inicia un viaje de retorno hacia el mismo punto donde todo comenzó. Recorre así 63 casillas, donde la 63ª se extiende hacia uno mismo en una 64 casilla vacía.

El Juego de la Oca más antiguo conocido

El I Ching muestra el recorrido de los movimientos energéticos del Universo, 64 movimientos en constante transformación que describen las influencias e interconexiones de las fuerzas esenciales en un viaje hacia uno mismo.

Si tratamos estos dos mapas del ser de forma paralela, podremos encontrarnos interesantes similitudes que nos ayudarán el viaje hacia uno mismo.

El laberinto hopi, tanto cuadrado como circular, reflejan el movimiento de los campos toroidales. En esta forma de representación no se muestran las fases energéticas sutiles por las que pasa el iniciado, sino más bien, el movimiento energético que se realiza. Se trata de una representación de la danza de las partículas, y compromete al danzante obligándole a repetir los pasos de la naturaleza.

Ese esquema toroidal lo encontraremos en el macrocosmos y en el microcosmos, en el planeta y en el ser humano, en la flor y en el Universo. No crece hasta el infinito cuantitativamente como el sistema decimal matemático, sino que profundiza y entra en sí mismo, como el sistema sexagesimal.

Realizar el laberinto:

Realizar un laberinto, tanto dibujarlo como seguirlo, nos ayuda a “danzar” en nuestra energía siguiendo la armonía. Podemos entenderlo como recolocar la postura correcta, pero no la postura física, sino la energética, la cual influirá en todos los aspectos manifiestos. Al dibujar y recorrer el laberinto clásico, nuestra estructura se transforma, se realiza un viaje hacia el interior, descendemos a las profundidades, y regresamos al punto de partida, más completos, más homogéneos. Los laberintos del juego de la oca, o del I Ching, te enseñan a ser, te comprometen con los valores fundamentales y te entregan las claves de cómo ser, los laberintos ancestrales sin casillas, te dibujan un mapa que rompe el intelecto y te lleva a una consciencia superior.

Puedes elegir el laberinto que prefieras, manteniendo un foco en tu caminar: el silencio, la esencia, la búsqueda de una respuesta….

Si eliges construir un laberinto en tu jardín o en un campo, con piedras, busca una orientación determinada, que consideres sagrada, tu norte, a fin de encontrarte en el centro del laberinto en el centro de ti mismo.

Lo ideal es construirlo de dentro hacia afuera y repasar de fuera hacia el centro. Hay que construirlo siguiendo el trayecto.

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