Tres caminos budistas y tantra

El budismo tiene tres corrientes esenciales: Hinayana o Theravada, Mahayana o gran vehículo, Vajrayana o budismo tántrico.

El hinayana se diferencia por ser un camino de austeridad, preciso y concreto. Donde recogen las enseñanzas más tempranas de Buda y las cuatro nobles verdades. Su mente se enfoca en la autoliberación: “el que ha alcanzado la otra orilla”.

El Mahayana es una tradición que no se limita a la liberación personal, sino que busca el desarrollo del Bodhisattva, aquel que en su camino busca que todos los seres sintientes se liberen del sufrimiento. El es Gran Vehículo y se centra en la compasión que nos impulsa a entregar nuestros logros y sabiduría a todos.

El Vajrayana, el camino del Diamante o budismo Tántrico, busca la unificación de los contrarios, de los opuestos, la unión de los principios masculinos y femeninos, donde la mente se una con el corazón, el vacío con la sabiduría, Buda con su consorte. Profundiza en los antiguos cultos de Shiva y la Diosa, en un retorno a la religión de la Gran Madre.

Buda y su consorte

En el budismo tántrico, buscamos unir dos polos opuestos en el alma. Con visualizaciones, ejercicios, y prácticas, uno se funde con la divinidad y permite que la divinidad se funda con uno mismo.

La pareja divina, lo masculino y femenino en unión sagrada, representan el padre y madre de la creación. Son esenciales para que surja la vida. La analogía es la necesidad de que compasión y sabiduría se unan para generar la iluminación.

La compasión estaría referida a la deidad masculina, que entrega, se expande, es positiva, cálida, yang. La sabiduría es representada por la deidad femenina, que abraza, profundiza, es contractiva, fría, ying.

El padre es la bodhichita, la semilla de la compasión. La madre es la sabiduría esencial para la realización de la vacuidad. La unión de ambos es la sabiduría gozosa, el gozo supremo. Es un estado de conciencia.

Dentro del tantra encontramos: tantra blanco, tantra rojo y budismo tántrico. Y ambos tienen dos corrientes: el tantra de la mano izquierda y el tantra de la mano derecha.

Esta división tiene relación con los métodos para alcanzar esta condición de unidad.

Si se utiliza en el método la sexualidad, se habla de Tantra de la Mano Izquierda.

Si las prácticas sólo son meditativas o energéticas, se habla de Tantra de la Mano Derecha.

En ambos, se fusionan los aspectos masculinos y femeninos del cosmos en un estado de conciencia interna, buscando la consciencia clara.

En el Tantra blanco se busca utilizar el deseo como sendero hacia la realización, apoyándonos en la sexualidad, el amor puro, el respeto al a pareja, el amor incondicional. Se realiza un trabajo donde los venenos y deseos son continuamente transformados en sabiduría y no se permite a la mente ni a la consciencia “dormirse” ni dejarse llevar por ellos.

La energía debe fluir libre por la persona, los pensamientos no deben ser alterados, las emociones no deben ser cambiadas, todeo debe fluir y permitirse, mientras la mente está en plena consciencia, sin entregar una pizca de su atención egoísta, limitante o posesiva, a ninguno de ellos.

En el tantra rojo, el sexo es más desarrollado. Tiene una connotación sagrada y se utiliza no sólo para disolver los deseos de la mente, sino para transformar toda esa energía sexual en liberación y trascendencia.

Muchos ejercicios, métodos y trabajos de todas las religiones del mundo, muestran la unión de lo masculino y femenino como los aspectos más sagrados y perfectos. LA realización última y más perfecta.

El camino tántrico que seguimos desde CATUR DVARA es una semilla de compasión divina, es el desarrollo de esta unión dentro de uno, en armonía y equilibrio con el entorno, uno busca la propia armonía y la propia realización. Aprovechamos las relaciones para crecer, descubrir, aprender a amar y experimentar.

En ejercicios más místicos y profundos, se desarrolla un estado contemplativo constante de la propia mente, las emociones, sensaciones, energías, los vientos… Sin limitar ni cambiar nada, sin rechazar ni apegarnos a nada, evitando ser influidos por los propios deseos y frustraciones, se desarrolla una mente limpia de pretensiones egoístas para dar cabida a la unión de la mente luminosa y el amor incondicional.

Como objetivos en el camino interior, posiblemente no con prácticas directas o intencionadas, sino dentro de un contexto, o un trabajo aparentemente con otros objetivos, se desarrolla:

Se valora el arrepentimiento, la rendición del ego al sentimiento puro divino. En este caso el objetivo es tan simple como permitir que un sentimiento de rendición y derrumbe del ego no se transforme en frustración, miedo o dolor, sino aceptación y sabiduría, paz interior y amor propio. Aprovechando las propias crisis personales como un camino hacia la mente en calma y la conexión.

En el trabajo se desarrolla el perdón, la autoobservación, el autoconocimiento y la superación de los errores y conflictos internos sin culpa ni sensación de carga, sino con amor, voluntad, fluidez, aceptación. Son ejercicios muy concretos, normalmente donde aprendemos a hacer regalos, a compartir, o prácticas artesanales y artísticas, donde normalmente surgen nuestros prejuicios y nuestras peores críticas, y en un contexto amoroso y respetuoso, aprendemos a ver como dicha crítica no nos ayuda a evolucionar, y buscamos desarrollar una crítica y autocrítica sana, libre de ego, libre de interpretaciones, con el corazón abierto. Donde uno pueda avanzar y superarse, superar los conflictos, con amor, autonomía y fluidez.

Trabajamos con el recuerdo constante de transitoriedad de la vida, la impermanencia y una visión clara del milagro de la vida y de la muerte. En esta visión buscamos abrir el corazón y generar una motivación y deseo de vivir ardiente y puro. La impermanencia y la visión de la muerte está presente en todos los retiros y encuentros que realizamos, pues la muerte es parte de la vida. Apoyamos a nuestros difuntos en su camino, les escuchamos y comprendemos sus vivencias. Observamos las almas que quieren nacer, su deseo de vivir y experimentar. Aprendemos sobre el camino de vida y el camino entre vida y vida, fluyendo con la vida y abriendo el corazón hacia la liberación y transformación del dolor inconsciente personal, familiar o grupal.

Trabajamos poniendo hincapié en la bodhichita. En volcar al propósito de vida un sentimiento amoroso y compasivo. La bodhichica es la semilla de la compasión. Es un sentimiento de ser parte del todo en amor, evolucionamos y cambiamos buscando que todos puedan dar un paso hacia la felicidad. No hacia aquella felicidad que creemos que deberían tener, sino aquella que sea perfecta para cada uno. Aprendemos a ver al otro como un ser divino, perfecto, capaz de cambiar su vida, de superar sus retos. Desde esa admiración, el sentimiento de amor crece en nosotros sin sentir pena ni dolor por el otro, sino engrandeciéndolo e impulsándolo hacia su propia autotransformación.

Se busca disolver la duda, el temor y la angustia. Apoyándonos en la fe en uno mismo y la propia divinidad. Alejándonos de conceptos religiosos, ataduras, deudas kármicas, potenciando la autonomía en el trabajo personal espiritual. Las prácticas a veces introducen una iniciación de una conciencia determinada. La vivencia espiritual se puede manifestar de una forma espontánea y dichosa. Entonces la duda, como un veneno muchas veces mordaz, intenta disolver dicha vivencia. La duda en uno mismo, en la propia experiencia y el sentimiento, se tornan un gran obstáculo para crecer.

Se trabaja con el compromiso hacia uno mismo. El honor y la palabra, el compromiso con los propios sentimientos y con los propios decretos. Si partimos del concepto de que uno mismo es una divinidad, la palabra es ley, que debe ser tenida en cuenta. Los propios decretos no tenidos en cuenta, negados o rechazados, se transforman en lastre pesado, fugas de energía. Aquello que decimos y hacemos está muy relacionado con el autorrespeto, el compromiso y la coherencia. En algunos trabajos buscamos encontrar el equilibrio en la postura mientras aprendemos a lanzar la voz, a decretar, a ser consecuentes con nuestro pasado e incluso a realizar una recapitulación de sueños inconclusos que tanta energía nos están quitando.

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